Historias de Barberias

sign02.jpgLas barberías eran antes esa especie de santuario al que se iba no sólo a que te cortaran el pelo, sino a discursear sobre la vida misma. El barbero -al que ahora se le llama peluquero, como al maestro se le dice profesor cual si de un eufemismo se tratara-, era ese hombre que nos ponía al corriente de cuanto acontecía en derredor, más que nada para que ni un detalle de lo que estábamos viviendo se nos escapara.

En aquellos años las barberías olían a Varón Dandy y a espuma Lea. La brocha era consustancialmente mágica y la navaja no menos. Y no digamos la máquina con la que nos descargaban de pelo, esa que de cuando en cuando te producía un sentido escalofrío al adentrarse en nuestras cabezas y que todavía recuerdo para mis adentros.

En los lejanos años 60 y 70 mis dos barberías fueron la de Ginés y su padre, Pepe, en el barrio de San Antonio, donde pasé los primeros meses de mi vida y la de José el de Pío y Manolo, en la calle de Pinar y Sánchez Bravo, luego de las Escuelas, a la que nos trasladamos a vivir después.

La primera de ellas, ubicada a la entrada de la vivienda familiar, en la calle de Los Hernández, tenía cortinas en hilera, sillas y banquetas de madera e innumerables jaulas con canarios que cantaban exultantes y que su propietario criaba con sumo esmero. Allí, sentado en su portal, fue donde me aficioné a leer todos los días el periódico, ojeando de arriba abajo las páginas del extinto diario Línea, cuando todavía conservaba en su portada el yugo y las flechas.

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La otra barbería, la de José y Manolo, no tenía tantos pájaros, aunque creo que alguno sí llegué a ver por allí, pero si diversos cuadros de equipos de fútbol en sus paredes, sobre todo del Real Madrid. Quizá en consonancia con los colores del club que presidía don Santiago Bernabéu, los dos oficiales lucían sendas batas blancas e impolutas para atender al personal. Recuerdo la devoción de José por los tangos de Carlos Gardel.

Manolo era un señor como más serio que venía todos los días de la vecina Molina donde vivía. Han pasado muchos años y no sé que habrá sido de él. A Ginés y a José los suelo ver con cierta asiduidad por las calles del pueblo. Un día que estaban juntos y que paseaba con mi hijo pequeño, tuve ocasión explicarle que aquellos dos hombres eran los barberos de mi niñez y que Ginés, en concreto, fue quien me cortó el primer mechón de pelo con escasos meses de existencia.

Hoy las barberías son otra cosa. Todavía queda alguna abierta en cierto rincón casi perdido en barrios y pueblos. Pero lo de ahora, sobre todo en las ciudades más grandes, es lo que se da en llamar peluquerías unisex donde a los hombres y mujeres los arreglan de manera bastante más impersonal, sin ese trato y esa querencia de antaño y donde, en ocasiones, más que cortarte el pelo, a poco que te descuides, te lo toman directamente.

XXXLimagen VEGA MEDIA PRESS – HISTORIAS DE BARBERÍAS

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3 comentarios en “Historias de Barberias

  1. Quiero hcer un omenage a todos los barberos, que como yo se dedicaron a este noble oficio y del cual me siento orgulloso.

  2. Veo esa silla de barbero y me recuerda la de mi barberia de barrio durante mi ninez.
    Alli atendia Domingo, de unos 60 años, siempre con su delantal blanco que le cubria las rodillas, esperando a los clientes sentado en su silla de barbero leyendo el periodico.
    La barberia era muy antigua, dos sillas giratorias, un gran espejo en la paredy un mueble con cajonera donde guardaba sus utiles y herramientas. Tijeras navajas ,peines y maquinillas ( nada de maquinas electricas, todas manuales con distintos peines para distintos cortes).Para los niños esas maquinas representaban la torturay eran las culpables de sus cabezas peladas.
    Recuerdo que al entrar , Domingo saludaba y de inmediato colocabaen el medio del salón la silleta para niños.
    Me ayudaba a subir y ya quedaba expuesto a lo que hiciera el barbero, El corte ya estaba acordado entre el peluquero y mi padre: pelado por detras y a los costados y un poquillo mas largo arriba para poder peinarlo.
    Me colocaba la capa blanca que cubría casi toda la silla y alli quedaba yo temblando de terror.
    Comenzaba su tarea con tijera por detras y por arriba hasta dejar , en la parte superior el largo adecuado.Una vez hecho esto , entonces si, venía la maquinilla con el peine numero 1. Desde la nuca hacia arriba , a contrapelo la pasaba por franjas. Yo con la cabeza gacha sostenida por la manota del barbero no podia ver pero si sentia el raspado de la maquinilla. Me parecia que Domingo disfrutaba pelandome, se notaba en su rostro risueño.
    La maquina se iba devorando mi cabello dejando al aire mi cuero cabelludo. El mismo trabajo por los costados.
    Cuando terminaba parecía que la tortura habia terminado. Sacaba los pelos sueltos con un cepillo y quitaba la capa, sacudiendola en el aire como un torero. Ante mi sorpresa me la volvia a colocar y observando mi cara de sorprendido me decía: ahora quedate quieto que con esta maquina puedo llegar a cortarte una oreja. El miedo me consumia , entonces cumplia con su orden. El barbero decia: pues ahi viene la del dos ceros y veras lo guapo que quedas.
    Otra vez su mano sobre la cima de mi cabeza, me la inclinaba hasta que mi barbilla se juntaba con mi pecho.
    Podia sentir como esa maquina esquilaba los pocos cabellos cortos que quedaban. La pasaba una y otra vez por toda la nuca y los costados hasta quedar la nuca rasurado al maximo, con tijera daba los retoques a la parte superior dejandolo mas corto, y por ultimo, como si hiciera falta , tomaba la del tres ceros y ahí si, adios la nada que quedaba de cabello. M pasaba la palma de su mano por mi nuca para comprobar la efectividad del corte, Eso me causaba espanto, sentia mi cabeza como cepillo. Me engominaba el pelo y peinaba lo poco que quedaba arriba.
    Retocaba con tijera algun pelo rebelde que hubiera quedado y me cepillaba la cabeza para quitar los restos.
    Mirandome en el espejo me veia absolutamente rapado, y observaba la cara de satisfaccion del barbero. Me quitaba la capa y me ayudaba a bajar de la silleta.Sacudia la tela y pronunciaba, si es que algun cliente esperaba su turno, la tipica frase: que pase el siguiente, y alli se dirigia al sillon la proxima victima de sus terribles maquinas cortapelo.
    La barberia ya no esta , pero esos cortes seran inolvidables.

  3. Creo recordar esa vieja barberia. Su nombre era San Martin , y a Domingo el barbero siempre con ese catarro de fumador. La barberia era muy vieja con piso de baldosa negra y blanca , dos sillones giratorios de cuero marrón , uno de los cuales ni se utilizaba, un gran espejo y el mueble de cajones . Detras de la silla de barbero , sobre una pared de madera estaban las sillas de espera para clientes. Recuerdo a Domingo con su delantal y en el bolsillo superior sobresalia un peine y una tijera.
    Los sabados por la tarde se llenaba de ancianos del barrio que iban a pelarse o solo a charlar.
    En mi niñez me llevaban allí cada 3 meses, asi que llegaba con abundante cabellera.
    Para los niños había una silleta de madera con asiento de mimbre tan alta para esa edad que necesitabamos ayuda para subir. Recuerdo una tarde que fui llevado por mi madre a regañadientes. Al llegar solo habia un cliente en la silla pelandose. Al entrar, yo llorando , mi madre le dio al barbero las ordenes acerca de mi corte. Ella fue muy clara: – cortele 100 pesos de pelo. Domingo y el cliente de la silla rieron lo que me dio mas humillación. Terminado el trabajo sobre quien ocupaba la silla, llegó mi turno. Domingo colocó la silleta en medio del salón y me ayudó a trepar a ella , aun llorando. La cara del barbero era de satisfaccion como disfrutando de su proxima media hora.
    Me colocó al cuello la gran sabana blanca y comenzo a peinar mi largo cabello. Se dio tiempo para comentar la falta que me hacia un corte de pelo. Era el momento de la tijera por toda la cabeza, la sabana blanca se iba cubriendo de mechones que caian de mi cabeza. Apuró con tijeras todo el pelo y lo sacudio con un cepillo de madera.
    Yo solo podia mirar el espejo y sufrir la humillacion.
    Paso siguiente, Domingo y su maquina manual , vaya a saberse de que epoca era, del número 1. Siempre comenzaba por la nuca sujetando hacia abajo la cabeza del cliente con fuerza. Uno quedaba inmovil e incapaz de verse en el espejo. Comenzaba el corte subiendo la maquina hasta la coronilla. Matas de cabello ya cubrian la sabana.Tres o cuatro pasadas por la nuca para que quedara totalmente tusada. Cuando atacaba los laterales uno podia verse en el espejo y lamentar lo que sus ojos veian. La maquina arrastraba el cabello dejando la zona totalmente pelada. Completaba del otro costado, y el sonido mecanico de la rasuradora sonaba como un traqueteo constante. Cubria la nuca con talco de una polvera y sacudia con el cepillo. Paso siguiente, siempre presionando la cabeza hacia abajo, era el turno de la maquina del tres ceros.La pasaba sin cesar por la nuca hasta dejarla en blanco completo. Se notaba en el espejo su disfrute. El suelo, cubierto de pelos daba la imagen patetica de lo que habia ocurrido. Resulté rapado al maximo, y solo quedaba un pequeño flequillo que peinaba con gomina..Una ultima pasada con la maquina por toda la cabeza era la firma de su trabajo. Bajaba de esa silla completamente rasurado y para conformarme, me repartia caramelos. Eran peladas monumentales que el barbero disfrutaba realizar en las cabezas de los niños del lugar. Nadie escapaba a las maquinillas de Domingo..Que recuerdos..

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