Elegancia a medida

baskins-fashion-vi,1122488Si alguna vez observa a un hombre con un traje impecablemente cortado y uno de los botones de las mangas desabrochado, ni se le ocurra pensar que es un descuido. En el mundo de la exquisitez en el vestir, poder desabrochar el botón de la manga es el símbolo de que uno lleva un traje hecho a medida.

La máxima expresión de esta elegancia es el orgullo con el que los sastres de Savile Row, la milla dorada londinense de la confección masculina, se vanaglorian de que, cuando sus clientes salen de sus establecimientos, ‘nadie sospecha que llevan un traje nuevo’.

Políticos, empresarios, aristócratas, actores, profesionales y altos ejecutivos son los principales clientes de este viejo lujo que, al menos en España, puede salir a sus destinatarios por unos 1.600 euros y perdurar en sus armarios durante más de una década.

En España existen aproximadamente medio millar de sastrerías. Aun sin llegar a los extremos de tradición de los británicos Wilkinson & Sons (fundada en 1662), Roger & Co. (1774) o Henry Pool & Co. (1801), las sastrerías españolas ofrecen unos servicios que satisfacen el gusto de clientes tan diversos como Francisco González, Emilio Botín, Rodrigo Rato, el príncipe Felipe o el rey Juan Carlos.

Discreción, corte exquisito y buen trato son algunas de las ventajas de acceder a este círculo reducido, que en Madrid está representado por nombres como el de Larraínzar, Jaime Gallo o los hermanos Collado; en Barcelona, por José María Blasi, y en Valencia, por Antonio Puebla.

Un mundo en el que tener los hombros estrechos, un estómago contundente o las piernas arqueadas no es impedimento para lucir un traje que siente bien, sea cómodo y marque sutilmente las distancias. No en vano, se dice que en la jerga secreta de los sastres anotaciones como HIC (hombro izquierdo caído), CG (cuello grueso) o PC (piernas cortas) ponen discretamente a cada uno en su sitio y facilitan la labor.

c27f2758b63374eab9cabf80439df75b--mens-fall-fashion-man-fashionUn hombre bien vestido puede encargar tres trajes de verano y tres de invierno al año. Eso teniendo en cuenta que se trata de gente que puede tener perfectamente 30 trajes en el armario‘, explican en la sastrería de Jaime Gallo, encargados de vestir al príncipe Felipe.

Una cifra que otros profesionales, como Antonio Puebla, fijan en ocho prendas y Gonzalo López Larraínzar, el sastre del rey Juan Carlos, sitúa entre tres y seis. ‘Son personas de alto nivel que tienen mucha ropa y usan poco cada prenda. Un traje nuestro puede durar perfectamente entre 10 y 20 años‘, explica con orgullo López Larraínzar.

Puebla, hermético en cuanto a proporcionar los nombres de sus clientes, aunque famoso por ser el sastre de la clase política, señala que en su taller se toman dos pruebas al cliente, aunque los asiduos se ahorran la primera, ya que cuentan con patrón. ‘Tardamos entre 60 y 70 horas en confeccionar cada traje y el plazo de entrega es de unos dos meses‘.

¿Qué diferencia el traje a medida del resto? Gonzalo López Larraínzar lo tiene muy claro. ‘La diferencia con un traje de diseño, un Armani, por ejemplo, es que el traje a medida es mucho más clásico. Aquí no se paga la marca, sino la hechura. Y resulta más barato. Nuestros clientes pueden vestirse a partir de 1.400 euros hacia arriba‘.

Pese a que todavía es un servicio de élite, todos coinciden en que la gente joven comienza a descubrirlo. Llegan al sastre, normalmente coincidiendo con su primer trabajo y de la mano de sus padres o de un familiar que conozca la casa. ‘No hacemos publicidad. Funcionamos con el boca a boca, el ¿a ti quién te viste?‘, advierten con cautela en la sastrería de Jaime Gallo.

La misma cautela con la que el valenciano Antonio Puebla, ante la pregunta de qué se hace con un cliente con kilos de más, contesta sin inmutarse. ‘Aunque no tengan un cuerpo agraciado, siempre se les puede sacar partido‘.

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Un comentario en “Elegancia a medida

  1. ” y uno de los botones de las mangas desabrochado, ni se le ocurra pensar que es un descuido. En el mundo de la exquisitez en el vestir, poder desabrochar el botón de la manga es el símbolo de que uno lleva un traje hecho a medida.”

    No. Es el símbolo inequívoco de que uno es un parvenu a medio desasnar, y que necesita demostrar que su traje está hecho a medida – ejemplo perfecto es una fotografía que ronda por la Red de Mario Conde con las mangas desabrochadas. La versión “reguetónica” serían los cachos de carne que lucen en la manga del traje la etiqueta del fabricante, o los que pasan el cinturón por detrás de la etiqueta del levisquinientosypico, para que los demás sepamos que lleva un tejano de marca.

    Un caballero no necesita demostrar nada. O se es, o no se es.

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