Los miramientos de Botorrita

Los miramientos (Historia de Botorrita)

Agustín Peiro y Sevil (1832-1890)

En el empingorotado pueblo de Botorrita, el día 1º. de enero de 1790, nacieron, a la misma hora, dos robustas criaturas que fueron bautizadas, la una, por ser varón, con el nombre de Manuel, y con el de Manuela la otra, por ser hembra.

Era Manuel hijo del tío Cañuta, el esportonero, y Manuela hija del señor Josef, maestro y sacristán del pueblo.

Estando contiguas las moradas de los dos padres y siendo estos grandemente amigos, criáronse juntos Manuel y Manuela, y no separándose nunca y creciendo a escote, desarrollóse el cariño en ambos, dando motivo a que dijera todo el pueblo que habían nacido el uno para el otro, y que serían marido y mujer andando el tiempo, fundiendo en una las dos ilustres ramas de los Josef y de los Cañutas.

***********

El año 1808, cuando dio comienzo la gloriosa y asoladora guerra de la Independencia, era Manuela una robusta moza de ancha cadera y delgada pierna, ojos saltones y poblado cogote; y Manuel lucía vanidoso sus grandes manos, juanetudos pies, su narigudo rostro y elevada estatura.

Nada se habían dicho los chicos a la fecha, pero ello es que se amaban, y al empuñar Manuel en defensa de la patria la escopeta de su padre y al salir voluntario en busca del extranjero, le dijo Manuela sosteniendo el hipo: «Manuel, que no me olvides, que yo te aguardo hasta el día del juicio».

Todo acaba en este mundo, y así acabó aquella guerra, que por poco acabó también con la España y los españoles.

Manuel pasó de soldado voluntario a soldado forzoso, y después de ocho mortales años de ausencia, hacía su triunfal entrada en Botorrita con la licencia en la mano, cuatro cirlos en el cuerpo, tres pedazos de hoja de lata en el pecho y los bolsillos vacíos.

Habían muerto sus padres y también los de Manuela. Esta había heredado de los suyos la casa en que vivía, dos campos en la huerta y seiscientos reales en varias monedas.

Manuel no había heredado nada. Mejor dicho: había heredado el mote de su padre. Manuel era ya Cañuta.

Cuando los dos huérfanos se encontraron después de tan larga ausencia, se quedaron un punto embelesados, contemplando con regocijo sus soberbias personas. Cañuta hallaba a Manuela más rechoncha, y Manuela a Cañuta más estirado.

-Cañuta -dijo Manuela-: nuestros padres al morir nos han recomendado el uno al otro, encargándome te dijera ser su mutua voluntad que nos casemos; pero esto ha de ser con su cuenta y razón para evitar murmuraciones; así es que no nos hemos de casar hasta que nuestras fortunas sean iguales. Yo tengo, mal contados, veintitrés mil reales en fincas y dinero; tú no tienes nada, pero eres hombre, y pronto trabajando y ahorrando, te pondrás al nivel de mi fortuna.

-Me parece muy del caso lo que dices -contestó Cañuta-; siempre me han disgustado las habladurías, y ciertas cosas han de mirarse mucho; así, pues, a trabajar, y mientras, seamos como siempre dos hermanos.

Cañuta emprendió con el trabajo mayor guerra que la que hizo un día a los franceses, y cuando estos volvieron el año 23, para lo que todo el mundo sabe, Cañuta, que tenía menos patriotismo y más ganas de casarse, siguió a los hijos de San Luis sirviéndolos de cantinero; y tan bien se las hubo, que concluida la libertad tornó a su pueblo con cien onzas en el cinto.

-¡Manolica! -gritó no bien puso sus zaneas en la casa de su adorada prenda-. Avisa al cura, que con lo que traigo y lo que tengo ahorrado poseo dos mil duros.

-Pues no hay medio de que nos casemos por ahora -contestó la moza-; que yo tan sólo tengo treinta y siete mil reales y seis cuartos.

-¿Y qué más da? -replicó Cañuta.

-Da mucho -añadió Manuela-: ¿no ves que murmuraría la gente?

-Es verdad -dijo Cañuta-. Aguardemos.

Y así se pasaron unos cuantos años, y llegó el 34, y creció la malhadada guerra civil.

-¿A cómo estamos de cuartos? -preguntó una tarde Cañuta a Manuela.

-Con lo que he economizado y lo que he ganado hilando, hoy poseo cuarenta y un mil reales.

-¡Rediez! -exclamó Cañuta-, no me vas a alcanzar nunca: yo tengo a lo presente setenta y seis mil reales en tierras, aperos y dinero.

-¡Cómo ha de ser -contestó Manuela-; aún podemos esperar!

-Pues esperemos -replicó Cañuta.

Ha dicho no sé quién que el apetito viene comiendo, y esto le sucedió a nuestro hombre. En fuerza de trabajar y atesorar, cobró gusto al dinero, y recordando lo mucho que ganó con los de Angulema, armó su cantina y se unió a las tropas liberales, con tan mala suerte, que fue hecho prisionero y encerrado en Cantavieja después del desastre de Pardiñas. Cuando más tarde esta plaza fue asaltada, libre, por fin, de tan largo cautiverio, volvió Cañuta a Botorrita, donde siempre, con igual constancia y cariño, lo aguardaba su doncella.

-De esta hecha nos casamos -le dijo Manolica en cuanto lo vio-: he aprovechado grandemente tu ausencia, y como tenía amigos de mi padre en el campo de D. Carlos, les he suministrado ropas, con lo cual he ganado algunos reales; también he administrado lo tuyo y te guardo un pico regular.

-¿A cuánto asciende tu haber? -preguntó Cañuta.

-Con lo que ya poseía, a ochenta y seis mil reales.

-Pues no nos podemos casar, que con lo que yo tengo y tu me guardas no llego a tanto -contestó el mustio mancebo.

-No te aflijas, hombre, y esperemos.

-Esperemos -suspiró Cañuta.

Y siguieron esperando largos años, porque, con mayor fortuna, iba economizando Manuela una gran parte de sus rentas, mientras que Cañuta, que cultivaba los campos que había adquirido, por efecto de malas cosechas, se encontraba casi arruinado.

Quince mortales años continuaron nuestros héroes sin perder la paciencia un solo día. Era para ellos el tiempo cosa tan menguada y ruin, que ni se apercibían de las alteraciones que en su físico obraba. Tan sólo una tarde, contemplándose en silencio con el habitual embeleso que lo hacían, dijo Cañuta a Manuela:

-¿Sabes que parece que te se vuelve el pelo rubio?

-¿Y sabes -contestó la doncella- que parece que te crece la frente?

Ella encanecía y él encalvecía.

Vino el año 55 y con él la guerra de Crimea y el desarrollo en Aragón de la venta de vinos, y Cañuta, comprendiendo el partido que de la alza se podía sacar, se dio tan buena maña, que al año siguiente poseía trescientos sesenta mil reales que se apresuró a ofrecer a su amada.

-No puedo aceptar -le dijo triste y resignada la enamorada doncella-; mi haber no llega a doscientos mil reales, pero aún somos jóvenes y podemos esperar.

¡La infeliz no recordaba que había nacido el año 90!

De todos modos, comprendiendo la zagala que la distancia de su capital al de Cañuta era grande, resolvió aumentar sus ahorros dedicándose al comercio, para lo cual empleó la mayor parte de su caudal en algodones, tejidos e hilados, dando principio a la venta al por menor en los pueblos de la ribera.

Poco prosperaba el negocio de Manuela, y sus modestos almacenes estaban henchidos de cuanto había comprado, cuando de la noche a la mañana les viene en mientes a los norteamericanos, que no podían estar mejor, el estar mal, y allá se las hubieron tirios y troyanos. Cerrados los puertos de la unión, tomaron tal precio los algodones que, en poco tiempo, vendió Manuela sus percales y triplicó su capital.

-¿Y ahora? -dijo a Cañuta después de liquidar su comercio.

-¿Cuánto tienes?

-¡Quinientos mil reales! -respondió orgullosa Manuela.

-¡Si no fuera por el qué dirán! Pero es el caso -repuso Cañuta- que no tengo tanto como tú y que hay que esperar otro poco; por cierto, que casi, casi, me voy cansando.

Y pasaron años, y tanto trabajó nuestro hombre, que el 72, al pasar cuentas con Manuela, los dos comprobaron con regocijo que tan sólo le faltaban treinta y cinco reales para que fueran iguales sus fortunas.

-Ya puedes encargar la cama -dijo Cañuta a su adorada prenda-. De esta semana no pasa. Por fin vas a ser mía.

Ruborizóse la moza y se atusó las canas no sabiendo qué decir; tal era su emoción y regocijo.

Pero ¡ay! que el incauto mozo no contaba con el fatal capricho de la suerte, que hizo que la víspera del día que estaba destinado para celebrar la boda, la tan deseada boda, le tocara a Manuela el premio mayor de la lotería, aumentando su caudal con treinta y dos mil duros.

Grande fue la alegría de Manuela; que siempre el dinero tuvo la propiedad de alegrar a la gente; pero al ver tan afligido al desdichado novio, contuvo la natural expansión que brotaba de su pecho.

-Lo que es ahora -murmuró desconsolado Cañuta-, ahora ya no puedo alcanzarte.

-Animo y no desmayes nunca -gritó la moza con varonil acento-. Emprende un negocio en grande, y si no tienes bastante con lo tuyo, toma de lo mío, que bien puedo prestarte mi dinero a módico interés.

Como por aquel tiempo tomó incremento la guerra en el Norte, Cañuta, siguiendo el consejo de Manuela, compró carros y acémilas y contrató transportes, y tantas mulas resucitó y tantos otros milagros hizo, que al concluir la guerra tornó a Botorrita harto de oro y alegría. Había encontrado el medio de igualar su fortuna a la de su amada, pues como ésta le había prestado su dinero, fácil le era, aumentando el interés, hacer la liquidación en forma que las dos partidas resultaran iguales.

-De mañana no pasa, Manolica -dijo Cañuta a su futura al presentarle las cuentas-. Mira, los dos poseemos un millón ciento noventa y cuatro reales.

-Dispensa, Cañuta, contestó la moza: tú posees doce céntimos más.

-¡Demonio! -exclamó Cañuta-. ¡Cuánto miramiento!

De pronto se dio una palmada en la frente y gritó gozoso:

-Estamos iguales; en cuanto salga a la calle le doy los céntimos a un pobre; así como así, nunca me había ocurrido que sirviera para algo la limosna.

-¡Qué bueno eres! -dijo Manuela mirándole enternecida.

Llegó, llegó por fin el suspirado día, martes 13 de octubre de 1876. El pueblo estaba alborotado, pues los novios, queriendo hacer las cosas con rumbo, habían convidado a todos sus convecinos.

De madrugada se hallaba acicalándose Cañuta para presentarse con decoro en la iglesia, inquieto e impaciente al contemplar tan cerca su felicidad que tanto había esperado, cuando entró en su Å casa la madrina deshecha en un mar de llanto.

-¿Qué sucede? -preguntó asustado el novio, presintiendo una desgracia.

-Sucede, desdichado Cañuta, que hemos encontrado muerta a la novia en la cama; y según opinión del médico -¡qué horror- ha muerto de vieja.

-¡Maldición! -gritó furioso el mísero Cañuta-. Este chasco no me lo esperaba. ¡Qué bien dijo el que dijo «que no por mucho madrugar amanece más temprano!».

No había consuelo posible para el pobre novio. Después de enterrar a su amada con gran pompa, se encerró en su casa y esperó a la muerte que se presentó a los pocos días en forma de apoplejía.

Manuela y Cañuta reposan juntos. Se unieron para siempre en dos metros de tierra. Vivieron ochenta y seis años, robustos y felices, acariciando una ilusión: ¿hubieran sido más dichosos con la realidad?

Trastos y cuestión, como dice el tío Acial, que aprendió el inglés en Ceuta.

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